Cuarto 103
El turno había
llegado a su fin, al menos así lo había anunciado la fría y monótona voz del megáfono.
Isabella estaba secándose
el cabello con un aire de alegre complacencia, Charly, aún agotado después de
semejante maratón ya estaba casi vestido, fumando un cigarrillo recostado sobre
un brazo en la cama desarmada, contemplando como su figura se fundía con el
humo del cigarro y el vapor de la ducha de la que ella acababa de salir. –“Fue
una buena revolcada”- Pensó mientras daba otra calada sonriendo.
Ella terminó de peinarse,
se puso su campera corta y tomando su bolso le arrancó riendo el cigarrillo a
Charly para tirarse encima de él una vez más, había sido una buena noche,
siempre lo eran cuando estaba con él. Lo miró a los ojos un momento, la mataba
su forma de mirar que tenía ese flaco; por mas que riera o solamente sonriera,
sus ojos siempre parecían languidecer en una profunda, oscura y privada melancolía.
Su sonrisa y esos ojos eran una combinación mortal para ella. Antes de levantarse
de la cama y acercarse a la puerta de salida lo tomó por la perilla y le dio un
profundo beso.
Isabella salió del
cuarto con una sonrisa cómplice, satisfecha y picara, Charly sonreía mirándola
mientras cerraba la puerta del cuarto 105. A su espalda una pareja se acercaba
por el pasillo. Todo pasó en menos de un minuto.
Charly no necesitó
darse vuelta para reconocer la voz de ella, la reconocería en un mar de gente
gritando, tan fuerte como gritaba su corazón de golpe en un galope acelerado. –“Tiene
que ser una puta broma”- Pensó –“Entre tantos Telos que hay en todo Buenos
Aires ¿Tiene que venir justo a este?”-. Miró a Isabella y forzándose a sonreírle
como si nada pasara, con una calma ensayada en el día a día donde las ausencias
y la soledad son monedas corrientes, tomó su mano y se encaminaron por el pasillo,
hacía la pareja, hacía el ascensor, hacía la salida.
La rubia estaba
parada frente al cuarto 103, entre risas y prometedoras caricias de su pareja
sacaba una foto al número de la puerta. - “¡Para la posteridad!”- Bromeaban
entre ellos; ella era de estatura un poco más que media, unas curvas que tentaban
a jugarse el alma en una sola mano, toda ella cuero, tacos altos y terciopelo negro.
Su pareja era, según
juzgó Charly; otro cheto pelotudo.
Cuando la pareja dio
paso a Isabella y a Charly, sus ojos y los de la rubia se cruzaron un instante
y aunque ella no lo reconoció, él la conocía desde hacía mucho, de otros
tiempos, de otras vidas, de otro piso de oficinas en la misma empresa.
Charly era portero,
ella sabe Dios qué, pero ahí estaba, frente a él como tantas veces lo había
estado, mirándolo sin verlo. Y él, muerto por dentro deseando jugar su única
carta, lanzarla sobre la mesa y que explote el mundo. Decirle:
- “Discúlpame, pero
ando medio oxidado en esto de decir las cosas que siento; como decirte que sos
mi primer y último pensamiento cuando las luces del día se van apagando, y mi
más sincera sonrisa cuando te veo aparecer de camino hacia mí. Que me pongo
nervioso buscando algún tema de conversación para parecer interesante y
seducirte o con la inteligencia, con la risa o con la suerte, pero me quedo
callado, no me sale ni un “Hola” y siempre se me muere en un susurro un “adiós”
cuando te vas… Quisiera decirte: dale, el tiempo pasa y no tenemos toda la vida
para esperar que el destino decida lo que tenga que ser. Anímate a saltar
conmigo y que el viento nos lleve. Pero puta madre, la angustia me recuerda que
quién pega primero pega dos veces y yo estoy aterrado ante estos pequeños
fragmentos de mi alma, vidrios rotos de un espejo.
Tu cuerpo son palabras
en el viento
Sombra de ensueño
son tus besos
Sueño del deseo es
mi ilusión.
Te amo en la
ausencia
Salvaje y dulce
desconocida
Y me encuentro
agonizando
En lo que podría
ser
Y no es.”
Fue solo un momento
que para Charly duró una eternidad, para la rubia un instante fugaz y el mundo
siguió girando ajeno a los tiempos del amor de uno y del desinterés de otros.
La pareja se perdió entre risas y besos en el cuarto 103, prometiéndose una
velada de lujuriosa y feroz pasión. Charly entró al ascensor tomando de la mano
a Isabella, quién se acurrucó contra su pecho cariñosamente. Charly le acarició
con los dedos los cabellos de ella y la abrazó con ternura, escondiendo la sonrisa
más triste que nunca tuvo y sus ojos que anunciaban un aguacero silencioso.
Mientras descendían hacia
la calle, hacia el mundo y su implacable e indiferente tumulto de vidas, ruidos
e historias, Charly miró a Isabella y pensó:
“Así como ella me ama,
yo no puedo amarla igual porque amo a otra, que a su vez ama a otro ajena al
dolor que me produce y quizás ese otro, ame a otra que indiferente a lo que él
siente, espera a otro que la ignora y así sucesivamente en un ciclo
interminable de apurados intentos de llenarnos con quién sea por el tiempo que
sea con tal de sentirnos menos vacíos, menos solos…
Y si fuese así
entonces sí,
Quizás el amor sea un juego perverso.”