Te declaré muerta para no morir yo.
Mis palabras fueron tajos, y tus ojos, el espejo de mi propia sangre,
buscando que mis palabras hirieran tanto como mi propio duelo.
Pero los muertos no caminan, y vos no parás de volver.
Te miento y me miento:
sos el fantasma que todavía habita mi memoria.
La verdad es que tu sombra no descansa;
ronda mis silencios y se admite como mi única musa.
Sos mi agonía y esa certeza amarga
de que hay pasados que, en lugar de irse,
se plantan en el presente echando raíces tan fuertes
que ya son parte de mí.
Lobo.